Espiritualidad

Vocación a la santidad

El camino que conduce a la santidad y, por consiguiente, a Dios, no puede ser trazado sino por el mismo, Dios, por su voluntad. Ya lo proclamó Jesús: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése entrará en el reino de los cielos” (Mt 7,21). Y para dar a entender que las almas más unidas a él y de él más amadas son precisamente aquellas que cumplen la voluntad de Dios, añadió: “Quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre” (Mt. 12,50).

En esta escuela de Jesús se inspiraron los Santos. Santa Teresa de Ávila, después de haber experimentado las más sublimes comunicaciones místicas, no duda en afirmar: “En lo que está la suma perfección, claro está que no en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos ni visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere Su Majestad”. Y Santa Teresa del Niño Jesús se hace eco de esta doctrina diciendo: “La perfección consiste en cumplir la voluntad de Dios, en ser lo que él quiere que seamos”.

El verdadero amor de Dios consiste en conformarnos perfectamente con su santa voluntad, no queriendo hacer ni ser en la vida sino lo que el Señor quiere de cada uno de nosotros, llegando de esta manera a convertirnos, por decirlo así, en “Una voluntad viviente de Dios”. Considerando bajo esta luz, la santidad es posible a cualquier alma de buena voluntad; y hasta puede muy bien darse el caso de que un alma que lleva una vida “humilde y oculta”, se conforme con la voluntad divina con tanta y quizá mayor perfección que el “grande” santo que ha recibido de Dios una misión externa y ha sido enriquecido con gracias místicas. Tanto más perfecta será un alma, cuanto más al detalle cumpla y se goce en cumplir la voluntad del Señor.

“Aquel que escucha mis palabras y las pone por obra – dice Jesús – será como el varón prudente, que edifica su casa sobre la roca. Cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y dieron sobre la casa, pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mt. 7,24-25). La voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura y especialmente en los mandamientos divinos, y manifestada en las disposiciones concretas de la Providencia que rige y gobierna toda la vida del hombre, es la roca firme y segura sobre la cual debe alzarse el edificio de la santidad cristiana. Sobre esta única base podrá levantarse alto y seguro sin peligro de derrumbarse, no obstante el furor de los temporales.

Quien aspira a la santidad debe guardarse siempre de la tentación de hacerse santo a su propio modo, según sus planes, gusto y modos de ver personales. Esto sería un contrasentido. Solamente Dios, que es el único santo y el solo que puede santificar al hombre, es quien conoce lo que más conviene a nuestra santificación. El único camino que lleva  infaliblemente a la santidad es el marcado por Dios. Por eso, para no trabajar en vano, la condición primera e indispensable es abandonarse completamente a la voluntad de Dios y dejarse llevar por él con absoluta docilidad.

San Juan de la Cruz enseña que la unión perfecta con Dios, y por lo tanto la santidad, “Consiste en tener el alma según la voluntad con total transformación en la voluntad de Dios, de manera que no haya en ella cosa contraria a la voluntad de Dios, sino que en todo y por todo su movimiento sea voluntad solamente de Dios”. Se trata de una transformación en virtud del amor, de modo que el hombre ya no quiere ni busca ni desea ni obra si no por la voluntad de Dios, amado por encima de todas las cosas y de sí mismo. Pues el amor conduce a un mismo querer y no querer, a la identidad  de efectos, de deseos, de ideales y de acción.

Cuando el cristiano procura, con la gracia de Dios, conformarse del todo con la voluntad divina, esta misma voluntad lo santifica haciéndolo capaz de la adhesión a ella cada vez más completa, que se irá convirtiendo en total conformidad al divino querer. Estos son los hombres en que Dios se complace y que Isaías preconizaba como los únicos dignos de entrar en la Jerusalén renovada.

La voluntad de Dios no sólo se manifiesta a través de determinados preceptos, sino que aparece también como escrita en las diversas circunstancias de la vida que originan para cada hombre deberes imprescindibles:

  1. Están en primer lugar los deberes del propio estado, que determinan para cada uno cómo debe portarse en la vida diaria, para estar continuamente en conformidad con el divino querer. Para el religioso son los deberes impuestos por la Regla abrazada y por la viva voz de los superiores; para el sacerdote, los exigidos por el ministerio de las almas, en comunión de mente y de acción por el obispo; para los seglares, las exigencias concretas de la vida de familia, de su profesión y del ambiente social en que viven.
  2. Siguen luego los deberes inherentes a otras situaciones dispuestas o por lo menos permitidas por Dios: salud o enfermedad, pobreza, aridez o gusto espiritual, éxitos o fracasos, desgracias o consuelos. Todo me lo prepara y dosifica la mano paternal de Dios, que “hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman” (Rm. 8,28). Y en cada una de estas circunstancias Dios presenta a cada cristiano especiales deberes de sumisión, de paciencia, de caridad, de actividad o de abnegación, de sacrificio, de generosidad.

Siguiendo el camino del deber tenemos la seguridad de caminar en la voluntad de Dios y de crecer en su amor.

La santidad no consiste en empresas extraordinarias, sino que se reduce a la línea del deber, y, por lo tanto, está al alcance de todos los hombres de buena voluntad. Pero el cumplimiento de las propias obligaciones debe ser exacto y constante.

  1. Exacto: sin negligencias, solícito siempre por agradar a Dios en cada acción, dispuesto a abrazar con amor todas las expresiones de su voluntad.
  2. Constante: en todas las circunstancias y situaciones, aun en las menos felices y gratas, aun en los momentos oscuros de tristeza, cansancio y aridez; y esto día a día.

Este ejercicio será cada vez más fácil en la medida en que el cristiano sepa considerar a la luz de la fe todas las circunstancias de su vida, acostumbrándose a ver en ellas las indicaciones de la voluntad de Dios. Cuando una criatura que ama de verdad al Señor advierte que alguna cosa es querida por él, la acepta o la pone en práctica sin lugar a duda, por más que pueda costarle. Ciertos retrasos o resistencia en esta materia dependen, más que de falta de voluntad, de no ver a entender la voluntad de Dios. Sobre este punto tan importante nos debe iluminar el espíritu de fe.

“Todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancia, y precisamente por medio de todo eso, se podrán santificar de día en día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre celestial” (LG 41). La fe nos hace pasar más allá de las vicisitudes terrenas y ver la mano de Dios que ordena y guía  todas las cosas para la santificación de sus elegidos. Y a Dios nunca se le dice no.


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